Mercados verdes para un crecimiento equitativo

N UEVA YORK – La crisis climática y la crisis financiera de 2008 son dos caras de la misma moneda. Ambas nacieron como consecuencia de la misma característica tóxica del modelo económico prevaleciente en el mundo: la práctica de gastar a cuenta del futuro. Proteger a la humanidad tanto de la ruina ambiental como financiera exige una estrategia completamente nueva para el crecimiento –que no sacrifique el mañana en el altar de hoy.

En un sentido, el germen de ambas crisis se puede rastrear hasta un mismo episodio: la creación de un nuevo orden internacional después de la Segunda Guerra Mundial. Las instituciones de Bretton Woods que apuntalaban el orden –el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional- fomentaron una rápida globalización, caracterizada por un marcado incremento de las exportaciones de recursos del Sur Global al Norte Global. El resurgimiento de políticas económicas neoliberales –incluida la eliminación de barreras comerciales, una desregulación de amplio alcance y la erradicación de los controles de las cuentas de capital- a fines de los años 1970 aceleró este proceso.

Si bien este sistema incentivó un crecimiento y un desarrollo económicos sin precedentes, tuvo serios inconvenientes. Las innovaciones financieras sobrepasaron la regulación –o directamente la eludieron-, permitiendo que la industria financiera expandiera su influencia sobre la economía, asumiendo enormes cantidades de riesgo y recogiendo recompensas gigantescas. Eso finalmente condujo a la crisis de 2008, que puso al sistema financiero global al borde del colapso. Considerando que la reforma por la que pasó el sistema fue mínima, los riesgos sistémicos agudos persisten hasta la fecha.

En el frente ambiental, la extracción desenfrenada de recursos destruyó los ecosistemas de los países en desarrollo, alentando al mismo tiempo un consumo acelerado –más fundamentalmente de energía- en el mundo desarrollado. Hoy, a pesar de representar apenas el 18% de la población global, las economías avanzadas consumen alrededor del 70% de la energía del mundo que, en su gran mayoría (el 87%), proviene de combustibles fósiles.

La división Norte-Sur, por ende, está intrínsecamente vinculada a las emisiones de dióxido de carbono. Y, por cierto, ha asomado la cabeza en cada negociación climática de las Naciones Unidas, donde los países que más han contribuido al cambio climático –empezando por Estados Unidos- muchas veces se interponen en el camino de una acción efectiva.

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