BERLÍN/LA HAYA – La eurozona enfrenta desafíos económicos inmensos. Alemania y los Países Bajos (que en conjunto equivalen al 35% del PIB de la unión monetaria, y cuentan con amplio margen de maniobra fiscal) deben ponerse a la vanguardia de la respuesta.
El mayor desafío inminente (y no sólo para la eurozona) es la escalada de la crisis climática, que demanda una reestructuración económica integral, incluida una reforma de los sistemas energéticos, de la infraestructura de transporte y de las prácticas agrícolas. Este proceso irá acompañado por otro gran desafío: la adaptación a la Cuarta Revolución Industrial que está teniendo lugar, caracterizada por un veloz desarrollo de tecnologías disruptivas, como la inteligencia artificial, la nanotecnología, la computación cuántica y la tecnología de redes.
Esas transformaciones no se darán solas. Los gobiernos deben tomar la delantera, mediante la implementación de programas de inversión pública a gran escala, coordinados y con visión de futuro.
Europa ya va con atraso: China y Estados Unidos ya invierten mucho más que ella en innovación, lo cual refleja el papel central de la economía y de la tecnología en la competencia geopolítica moderna. En el mundo actual, el único modo de que Europa proteja su soberanía estratégica es mediante un rápido aumento de la inversión en innovación, educación y modernización económica.
Los frutos de esa inversión no tardarán en aparecer. Hoy en la eurozona hay un empeoramiento de indicadores económicos clave, debido en gran medida a factores que están fuera de su control, como la guerra comercial sinoestadounidense, las tensiones en Medio Oriente y el Brexit. La posibilidad de una recesión es muy real.
No se puede esperar que el Banco Central Europeo lidere la resistencia a una desaceleración, como ha hecho desde la última crisis. El BCE prácticamente agotó su arsenal de política monetaria (los tipos de interés se mantienen en mínimos históricos) y una reiteración del compromiso formulado en 2012 por el entonces presidente del BCE, Mario Draghi, de hacer “lo que sea necesario” para proteger el euro carecería de credibilidad para tranquilizar a los mercados, como hizo la primera vez.
